La solución que puede acelerar el fin de los autobuses diésel en Europa
La electrificación del transporte público europeo podría acelerarse de forma notable si, en lugar de sustituir todos los autobuses diésel por modelos nuevos, se apuesta por reconvertir los vehículos actuales en eléctricos. Un estudio de Empa plantea que esta solución permitiría reducir emisiones, ahorrar materiales y adelantar varios años la descarbonización de las flotas urbanas.
La electrificación del transporte público puede convertirse en una de las palancas más rápidas para reducir emisiones en las ciudades europeas. Y, según un nuevo estudio, la clave no estaría solo en comprar autobuses eléctricos nuevos, sino en transformar los diésel que ya circulan.
La propuesta gana fuerza porque ataca varios problemas al mismo tiempo: reduce residuos, evita fabricar vehículos completos desde cero, acelera la renovación de las flotas y permite a los operadores públicos avanzar hacia el cero emisiones sin asumir de golpe inversiones millonarias.
Convertir autobuses diésel en eléctricos: la vía rápida para descarbonizar el transporte público
Europa tiene un problema de calendario. Aunque los autobuses eléctricos están ganando presencia, la renovación natural de las flotas avanza demasiado despacio para encajar con los objetivos climáticos de 2050. En 2023, menos del 3% de los autobuses que circulaban por carreteras europeas eran eléctricos, una cifra muy baja si se tiene en cuenta el papel que debe jugar el transporte público en la reducción del uso del coche privado.
Un estudio del investigador Harald Desing, del laboratorio Technology and Society de Empa, en Suiza, plantea una alternativa mucho más inmediata: reconvertir los autobuses diésel existentes en vehículos eléctricos mediante kits estandarizados. Según sus conclusiones, esta estrategia permitiría electrificar la flota europea unos 15 años antes que esperando únicamente a sustituir cada autobús por uno nuevo.
Menos emisiones y menos materiales nuevos
La lógica es sencilla. Un autobús no es solo su motor. También incluye una carrocería, un chasis, cristales, cableado, interiores, sistemas de suspensión y una gran cantidad de materiales cuya fabricación ya ha generado una huella ambiental importante.
Fabricar un autobús eléctrico nuevo exige acero, aluminio, cobre, plásticos, vidrio, componentes electrónicos y baterías, además de toda la energía asociada a su producción. En cambio, el e-retrofitting aprovecha la estructura existente y sustituye principalmente la cadena de tracción.
El proceso consiste en retirar el motor diésel, la caja de cambios, el depósito de combustible y el sistema de escape. En su lugar se instalan un motor eléctrico, baterías, electrónica de control y sistemas auxiliares eléctricos para elementos como la climatización, la dirección asistida o los frenos.
De acuerdo con el estudio, esta conversión puede reducir entre un 20% y un 50% el impacto ambiental frente a la fabricación de un autobús eléctrico completamente nuevo.
Una conversión que podría realizarse en pocos días
Uno de los puntos más interesantes es la posibilidad de industrializar el proceso. A diferencia del mercado del automóvil, donde existe una enorme variedad de modelos, el transporte urbano utiliza un número más limitado de plataformas de autobús producidas en grandes series.
Esto permitiría desarrollar kits de conversión estandarizados, abaratar costes y acortar los tiempos de intervención. Según Empa, un autobús urbano podría transformarse en apenas unos días, evitando largas paradas de servicio y facilitando que las empresas municipales avancen por fases.
Además, los componentes retirados, como piezas de acero y aluminio, podrían reciclarse, reforzando el enfoque de economía circular.
Evitar que el problema se traslade a otros países
En Europa, un autobús diésel suele tener una vida útil media de unos 20 años. Cuando deja de cumplir las normas de emisiones o ruido de una ciudad, a menudo no desaparece: se vende a otros mercados donde puede seguir circulando durante décadas.
El resultado es que las emisiones no se eliminan, simplemente cambian de ubicación. Al convertir estos vehículos en eléctricos, se evita que continúen funcionando con combustibles fósiles en otros países y se prolonga la vida útil de una estructura que todavía puede estar en buen estado.
Una oportunidad para ayuntamientos y operadores
El precio de un autobús eléctrico nuevo sigue siendo una barrera para muchas administraciones. Por eso, la reconversión puede convertirse en una herramienta muy valiosa para acelerar la transición sin tensionar tanto los presupuestos públicos.
Los recursos ahorrados podrían destinarse a ampliar líneas, mejorar frecuencias, adaptar vehículos para personas con movilidad reducida o desplegar puntos de recarga. En otras palabras, no se trataría solo de electrificar lo que ya existe, sino de hacer el transporte público más atractivo frente al coche privado.
Reconvertir los viejos autobuses en eléctricos suena bien
La electrificación del transporte público no debería limitarse a comprar vehículos nuevos y retirar los antiguos como si todo lo anterior hubiera perdido valor. La transición energética también necesita sentido común industrial. Si un autobús conserva una carrocería, un chasis y un interior aprovechables, sustituir únicamente lo que contamina parece una decisión lógica.
El e-retrofitting no será la solución única para todos los casos, pero sí puede ser una pieza clave para ganar tiempo. Y en materia climática, ganar 15 años no es un detalle menor: puede marcar la diferencia entre llegar tarde o empezar a cumplir de verdad los objetivos que Europa lleva años prometiendo.
