Qué es el efecto canguro y por qué frenar cada vez es menos útil para evitar multas radar
Frenar al ver un radar y volver a pisar el acelerador nada más dejarlo atrás es una escena habitual en muchas carreteras. Este comportamiento tiene incluso un nombre: ‘efecto canguro’, y puede convertir un sistema diseñado para reducir la velocidad en poco más que un punto aislado de frenada.
- El ‘efecto canguro’: por qué frenar únicamente delante del radar es un problema
- Los radares convencionales tienen una importante limitación
- El radar de tramo cambia completamente las reglas
- Los radares sí reducen la velocidad, pero medir su eficacia no es tan sencillo
- Cada vez hay más radares de tramo
El ‘efecto canguro’: por qué frenar únicamente delante del radar es un problema
La finalidad de un radar de velocidad no debería limitarse a conseguir que los vehículos respeten el límite durante unos pocos metros. El objetivo real es reducir la velocidad de circulación y, con ello, disminuir el riesgo y la gravedad de los accidentes.
Sin embargo, algunos conductores actúan de manera muy diferente. Mantienen una velocidad superior a la permitida hasta que identifican el radar, frenan antes de alcanzar su posición y, una vez superado, vuelven rápidamente a la velocidad anterior.
Estas continuas variaciones son las que han dado lugar al término ‘efecto canguro’, empleado para describir una conducción caracterizada por sucesivas reducciones y recuperaciones de velocidad alrededor de los puntos de control.
Una investigación publicada en Accident Analysis & Prevention pone el foco precisamente sobre este fenómeno y sus consecuencias. Además de limitar el efecto preventivo del radar fuera de su entorno inmediato, estas frenadas pueden alterar la fluidez de la circulación y provocar reacciones en cadena entre los vehículos que circulan detrás.
Los radares convencionales tienen una importante limitación
España dispone de alrededor de 3.600 radares repartidos por su red de carreteras, según los datos recogidos en la investigación. El problema es que conocer su ubicación o poder identificarlos con suficiente antelación permite adaptar temporalmente la conducción.
Es precisamente aquí donde aparece una de las principales debilidades del radar situado en un punto concreto: puede conseguir que un conductor reduzca la velocidad, pero no necesariamente que mantenga ese comportamiento durante los kilómetros posteriores.
El radar de tramo cambia completamente las reglas
La solución más efectiva frente al ‘efecto canguro’ son los radares de tramo, cuya presencia en España ha aumentado considerablemente durante los últimos años. El estudio cifra en 295 los dispositivos instalados, lo que representa un crecimiento del 86% en cinco años.
Su funcionamiento hace prácticamente inútil frenar únicamente al pasar junto a una cámara.
En lugar de registrar la velocidad instantánea, el sistema identifica el vehículo al entrar en una zona controlada y vuelve a hacerlo al abandonarla. Conociendo la distancia recorrida y el tiempo empleado, puede calcular su velocidad media durante todo el recorrido.
Para ello se utilizan cámaras, habitualmente con tecnología infrarroja, capaces de reconocer la matrícula y registrar con precisión la hora de paso.
Si el tiempo necesario para completar el trayecto revela que la velocidad media ha sido superior a la permitida, el sistema puede detectar la infracción. El conductor, por tanto, necesita respetar el límite durante el tramo y no solamente durante unos metros.
Los radares sí reducen la velocidad, pero medir su eficacia no es tan sencillo
La investigación va más allá del comportamiento de los conductores y analiza 94 estudios internacionales relacionados con la efectividad de los radares.
Los resultados apuntan a un efecto apreciable: la instalación de estos sistemas estaría relacionada con una reducción media de 7,57 km/h en la velocidad, además de un mayor cumplimiento de los límites y una disminución de los accidentes.
No obstante, los investigadores introducen un matiz importante. El ‘efecto canguro’ puede distorsionar determinados análisis sobre seguridad vial y llevar a sobreestimar el beneficio atribuido a los radares, especialmente dependiendo de las carreteras utilizadas como referencia para comparar los datos anteriores y posteriores a su instalación.
Esto no significa que los radares no sean efectivos, sino que resulta fundamental analizar correctamente cómo cambia el comportamiento de los conductores alrededor de ellos.
Cada vez hay más radares de tramo
Los radares de tramo parecen una evolución lógica si el verdadero objetivo es conseguir velocidades más homogéneas y no simplemente evitar que alguien circule demasiado rápido durante 100 metros.
El radar convencional tiene una debilidad evidente: cuando todo el mundo sabe dónde está, algunos conductores terminan preocupándose más por superar correctamente ese punto que por respetar el límite de la carretera.
El control de velocidad media elimina buena parte de ese juego. Además, mantener una velocidad estable resulta mucho más coherente desde el punto de vista de la seguridad, la fluidez del tráfico e incluso de la eficiencia energética. Frenar con intensidad para acelerar inmediatamente después no aporta absolutamente nada positivo.
La cuestión de fondo, por tanto, no debería ser cuántos radares existen, sino si consiguen modificar realmente la forma de conducir durante todo el recorrido. Y en ese terreno los radares de tramo tienen una ventaja difícil de discutir.


