Volvo y Polestar quieren que la UE mantenga la prohibición de coches de combustión para 2035

Primeras entregas del Polestar 4

Europa reabre el debate sobre los motores térmicos: ¿segunda vida para la combustión tras 2035?

Lo que hasta hace poco parecía un punto de no retorno en la estrategia climática de la Unión Europea podría estar a punto de modificarse. La fecha marcada en rojo —el año 2035, a partir del cual estaría prohibida la venta de coches nuevos con motor de combustión interna— ya no parece tan inamovible. Bruselas contempla ahora permitir que estos vehículos sigan en el mercado europeo más allá de esa fecha, siempre que funcionen con combustibles sintéticos o biocombustibles. Esta modificación, que llega empujada por fuertes presiones de Alemania, podría suponer un giro significativo en la hoja de ruta hacia la descarbonización del transporte.

A primera vista, esta posible excepción técnica parece una solución intermedia. Sin embargo, en la práctica podría suponer una vía de escape para prolongar la vida del motor térmico, aunque todo indica que no será una opción mayoritaria. La elevada complejidad técnica, los costes desorbitados y la baja eficiencia energética de los combustibles sintéticos (e‑fuels), sumados al cuestionado impacto medioambiental de los biocombustibles, limitan seriamente su adopción a gran escala. Por tanto, es probable que su uso quede restringido a segmentos muy concretos, como el de los fabricantes de lujo o deportivos, donde el precio final no es un factor tan determinante.

¿Tecnología neutra o maniobra de distracción?

Los defensores de esta apertura legislativa argumentan que el verdadero objetivo debería ser la neutralidad tecnológica. Es decir, que no se imponga un tipo de propulsión concreta, sino que se permita a los fabricantes elegir cómo alcanzar las emisiones cero. Alemania ha liderado esta postura, con el respaldo de algunas partes de su poderosa industria automotriz. El mensaje es claro: no cerrar puertas a alternativas que podrían permitir mantener vivas inversiones e infraestructuras existentes.

Sin embargo, voces críticas dentro del sector alertan de que este giro podría tener un efecto contraproducente. Entre ellas destacan Volvo y Polestar, dos marcas que han apostado decididamente por la electrificación total de sus gamas. Michael Lohscheller, CEO de Polestar, fue tajante en una reciente entrevista con The Guardian: permitir una prórroga a los motores térmicos sería una “pésima idea” que solo serviría para frenar la transición y complicar aún más la competitividad europea frente a los fabricantes asiáticos y estadounidenses.

Håkan Samuelsson, al frente de Volvo, comparte la misma visión. El directivo subraya la importancia de mantener reglas claras y ambiciosas, y asegura que “aflojar ahora solo enviaría señales confusas al mercado y a los inversores”. Samuelsson recuerda que aún quedan diez años para adaptarse, tiempo suficiente para que la industria acelere su transformación y afronte sin complejos la competencia internacional. Aunque Volvo pertenece al grupo chino Geely, insiste en que la compañía sueca opera con total independencia y sigue una hoja de ruta plenamente europea en materia regulatoria.

El motor térmico, condenado a ser una rareza

En este contexto, el futuro de los combustibles sintéticos y los biocombustibles no parece especialmente prometedor fuera de nichos muy concretos. La tecnología de los e‑fuels, basada en la combinación de hidrógeno verde y CO₂ capturado, es extremadamente intensiva en energía y cara de producir. De momento, las instalaciones capaces de generar este tipo de carburante en cantidades significativas son escasas, y los costes por litro pueden superar los 10 euros, lo que los convierte en inviables para el mercado de masas.

Por su parte, los biocombustibles, aunque cuentan con una trayectoria más larga, arrastran una fuerte polémica debido al impacto ecológico de su producción. La deforestación, el uso intensivo de agua y la competencia con cultivos alimentarios son solo algunos de los problemas asociados a su expansión, especialmente en regiones con escasos controles ambientales.

En contraste, los vehículos eléctricos a batería continúan reduciendo sus precios, mejorando su autonomía y acelerando sus tiempos de carga. Modelos como el futuro Volvo EX60, que llegará en 2026 con una arquitectura de 800 voltios y carga ultrarrápida, reflejan el avance imparable de esta tecnología. El EX60 ocupará el mismo segmento que el exitoso XC60, y convivirá con él durante un tiempo como puente hacia la electrificación completa de la gama.

El reloj corre, y el futuro no espera

A medida que se acerca el 2035, el debate sobre qué tecnologías deben tener cabida en el mercado europeo se vuelve más intenso. Para algunos países como España o Francia, mantener la prohibición total es clave para lograr los objetivos climáticos del Pacto Verde Europeo. Para otros, como Alemania, abrir la puerta a los carburantes alternativos permitiría preservar puestos de trabajo y evitar una transición demasiado abrupta.

Lo cierto es que, más allá del resultado final de esta negociación, todo apunta a que el motor de combustión —aunque técnicamente pueda sobrevivir— está condenado a convertirse en una rareza en la movilidad del futuro. Salvo que se produzca un cambio tecnológico disruptivo en la producción de combustibles sintéticos, su uso quedará limitado a vehículos de lujo o de coleccionista. El grueso del mercado, impulsado por la eficiencia económica y la presión normativa, seguirá inclinándose hacia el coche eléctrico. Y cada vez con más firmeza.

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