El cambio climático ha añadido 30 días adicionales de calor extremo
Un estudio afirma el gran incremento de días de calor extremo para una gran parte de la población
Entre mayo de 2024 y mayo de 2025, más de 4.000 millones de personas en todo el mundo vivieron un mes adicional de calor extremo provocado directamente por el cambio climático. Así lo confirma un estudio internacional elaborado por World Weather Attribution, Climate Central y el Centro del Clima de la Cruz Roja, que ha analizado cómo la crisis climática está intensificando la frecuencia e intensidad de las altas temperaturas.
El informe parte de una comparación con un mundo hipotético en el que las emisiones de carbono no existieran. En ese escenario, la cantidad de días de calor extremo sería muy inferior. Pero la realidad dista mucho de ese modelo teórico. Según los datos, el número de jornadas excepcionalmente cálidas se ha duplicado en prácticamente todos los países del planeta: 195 naciones y territorios han registrado cifras muy superiores a las que tendrían en un contexto sin intervención humana sobre el clima.
Uno de los casos más alarmantes es el de Aruba. Esta pequeña isla del Caribe sufrió 187 días de calor extremo en un solo año, cuando en condiciones naturales solo se habrían producido 45. Junto a Aruba, otras once regiones —diez del Caribe y una en Oceanía— han experimentado entre 100 y 120 días adicionales de calor asfixiante. La mayor parte de ellas comparten características comunes: una alta exposición a climas tropicales y una escasa capacidad de adaptación.
Los científicos definieron como “calor extremo” aquellas jornadas en las que la temperatura superó el percentil 90 del registro histórico comprendido entre 1991 y 2020. Con esta base, calcularon cuántos días de más se han producido debido al calentamiento inducido por las actividades humanas. Y los resultados son, en palabras de los propios investigadores, “inequívocos”.
Durante el periodo analizado se estudiaron en detalle 67 eventos extremos relacionados con el calor, seleccionados por cumplir al menos uno de tres criterios: haber ocurrido al inicio de la temporada cálida, haber afectado a zonas con alta densidad de población o a regiones vulnerables con poca capacidad de respuesta. En todos los casos, el cambio climático tuvo una influencia directa. Cuatro de estos episodios fueron analizados en profundidad: el calor extremo en Asia Central (marzo de 2025), en Sudán del Sur (febrero), en el Mediterráneo (julio de 2024) y en México, Centroamérica y el suroeste de Estados Unidos (junio de 2024). Tres de ellos, según el informe, simplemente no habrían tenido lugar en ausencia de emisiones de gases de efecto invernadero.
El impacto sobre la salud humana es especialmente grave en zonas húmedas. Nuestro principal sistema de enfriamiento —la sudoración— se vuelve ineficaz cuando el aire está saturado de humedad, cuando el cuerpo se encuentra deshidratado o cuando las temperaturas alcanzan niveles que sobrepasan la tolerancia incluso en reposo. Las consecuencias pueden ir desde fallos en órganos vitales hasta golpes de calor que, en muchos casos, derivan en muertes que no son correctamente atribuidas a las olas de calor, sino a enfermedades preexistentes.
Pero el calor extremo no solo castiga a las personas. Los ecosistemas también sufren daños profundos: se multiplican los incendios forestales, el suelo se degrada, la calidad del aire empeora y muchas especies desaparecen ante la pérdida acelerada de hábitats naturales.
Este último año ha dejado un rastro de señales alarmantes. El 2024 se convirtió en el año más caluroso jamás registrado, y enero de 2025 también batió todos los récords históricos para ese mes. A ello se suma el preocupante retroceso de la extensión del hielo marino en el hemisferio norte durante el invierno, un claro síntoma del desajuste climático que se está produciendo a escala global.
En España, por ejemplo, se contabilizaron 48 días de calor extremo adicionales en el último año, una cifra que también ha sido atribuida al cambio climático por los investigadores. En respuesta, el Gobierno ha reforzado su estrategia frente a las altas temperaturas con el Plan Calor 2025, que introduce alertas personalizadas basadas en la vulnerabilidad individual, e incluye medidas especiales para proteger a ancianos, niños, personas con enfermedades crónicas y trabajadores al aire libre.
La evidencia científica ya no deja margen para las dudas: el cambio climático está amplificando de forma dramática la crisis del calor. No se trata de un problema del futuro, sino de un desafío urgente que ya está remodelando nuestro presente. Las políticas de adaptación y mitigación no pueden esperar más si queremos frenar una escalada térmica que amenaza tanto a la salud humana como al equilibrio del planeta.