Volkswagen toma una difícil decisión, cerrar una de sus fábricas en Alemania

Volkswagen ID.3 en la fábrica de Dresde (Alemania)

Volkswagen cierra su fábrica de Dresde: el primer cierre en Alemania en 88 años

La fábrica de Volkswagen en Dresde ha bajado definitivamente el telón. Este martes, un Volkswagen ID.3 de color rojo se convirtió en el último vehículo en salir de su cadena de montaje, poniendo fin a una etapa histórica para el grupo alemán. Desde la compañía califican la medida como “absolutamente necesaria”, aunque el impacto va mucho más allá de lo industrial: es la primera vez en 88 años que el Grupo Volkswagen clausura una planta en Alemania, un hecho con una enorme carga simbólica.

El cierre llega en un contexto especialmente delicado para la industria del automóvil europea, justo cuando Bruselas mantiene conversaciones clave con los principales actores del sector. En este escenario, la decisión de Volkswagen de cerrar su planta en Sajonia actúa como un aviso serio sobre la magnitud de los problemas que atraviesa el fabricante.

La marca ya había anticipado el año pasado que se vería obligada a ajustar su producción. La demanda se ha debilitado tanto en Europa como, sobre todo, en China —su mercado más importante—, a lo que se suman unos aranceles más elevados que han reducido la competitividad de sus modelos en Estados Unidos. Todo ello ha tensionado las cuentas del grupo y acelerado decisiones que hasta ahora parecían impensables.

Durante casi 25 años de actividad, la planta de Dresde fabricó algo más de 165.500 vehículos. Su trayectoria productiva ha sido tan singular como irregular: comenzó con el Volkswagen Phaeton, una berlina de lujo impulsada por Ferdinand Piëch que nunca alcanzó la rentabilidad esperada, continuó con el e-Golf y terminó ensamblando el Volkswagen ID.3 en una producción más simbólica que estratégica.

De hecho, la fábrica de Dresde siempre fue un caso aparte dentro del grupo. Concebida como la Gläserne Manufaktur —la “fábrica de cristal”—, destacaba por su arquitectura transparente y su orientación al marketing y la imagen de marca, permitiendo al público observar en directo el proceso de fabricación. Más que una planta pensada para grandes volúmenes, era un escaparate tecnológico y corporativo.

Su peso real en la capacidad industrial de Volkswagen era muy reducido. Con apenas 340 empleados, la planta producía alrededor de 72 unidades diarias del ID.3. Para ponerlo en perspectiva, la fábrica de Volkswagen en Landaben (Pamplona) ensambla una media de 1.500 vehículos cada día, una diferencia que refleja claramente el carácter testimonial de Dresde dentro del entramado industrial del grupo.

Sin embargo, el golpe es sobre todo simbólico. Volkswagen siempre había defendido que las fábricas alemanas eran intocables, en parte por la estructura de su consejo de administración, donde el estado federado de Baja Sajonia —uno de los principales accionistas— cuenta con un peso decisivo y, en la práctica, capacidad de veto en decisiones que afecten al empleo o al cierre de instalaciones.

Con la clausura de Dresde, esa línea roja se ha cruzado. Y que esto ocurra por primera vez en casi nueve décadas indica hasta qué punto la situación de la marca Volkswagen es preocupante. A finales de 2024, su director financiero, Arno Antlitz, ya advirtió que el grupo dispone de “uno, quizá dos años” para reconducir el rumbo de su marca principal.

A esta presión se suma un problema aún más grave: la falta de liquidez. Según se conoció hace unos meses, al grupo le faltarían unos 11.000 millones de euros para poder operar con normalidad en 2026. El plan de reestructuración en marcha, que contempla ajustes en varias fábricas y un ahorro estimado de 10.000 millones de euros a largo plazo, podría no ser suficiente. Si no logra cerrar ese agujero financiero, Volkswagen se vería obligada a tomar medidas todavía más drásticas, incluyendo la venta de algunas de sus marcas.

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